Era el año 1992 cuando Bernard Rose adaptó al cine un cuento de terror de Clive Barker sobre un esclavo negro que murió en los campos de algodón por una trágica historia de amor.

En la película, ubicada en Chicago, una joven universitaria está preparando una tesis sobre leyendas urbanas y, casualmente, topa con la leyenda de Candyman, un espiritu de otra época que se aparece cuando pronuncias su nombre cinco veces delante de un espejo y que, una vez aparecido, te mata de una forma brutal.

A priori podríamos pensar que nadie en su sano juicio invocaría a un asesino de esa calaña, pero ya sabéis como funcionan estas películas, si los protagonistas fueran sensatos y no bajaran al sótano, no dieran de comer a los gremlins después de medianoche o no se encararan con el malo en lugar de correr, no habría acción y serían un coñazo.

Total, que a más de uno le da por invocarlo y, como no podía ser de otro modo, se los cargan. Luego va la joven universitaria tirando del hilo para descubrir la historia del asesino misterioso y así hasta que la película se acaba.

Luego siguieron dos secuelas que tuvieron mucho menos éxito, por lo que nunca llego a haber una tercera (por suerte).

Lo destacable de esta película es la inclusión del factor invocación: tenías que invocar al asesino para que te matara, en lugar de estar tranquilo haciendo tus cosas cuando venía por sorpresa y te acuchillaba.

Otro punto destacable es la utilización de ciertos insectos para dar una sensación más desagradable al espectador, de modo que el miedo sea más intenso. El truco está en mezclar componentes paranormales (que normalmente sabes que no pueden pasar) con componentes biológicos reales (que puedes ver a menudo en la realidad) para confundir tu cabeza y hacer que si no te dan miedo los fantasmas, al menos de repugnen los bichitos.

Además, el asesino del más allá tiene un rollo blaxploitation que nos transporta en cierto modo a las películas de los 70 tipo Shaft.