Normalmente, no recuerdo nunca lo que sueño, pero siempre hay excepciones.
Hoy, por ejemplo, soñé que tenía que ir a mi antigua facultad a hacer papeleos absurdos y me he encontraba que el edificio era totalmente distinto. Eso no es extraño, en sueños todo suele ser distinto a la realidad, lo raro es que no es la primera vez que sueño con esa nueva versión de la facultad.
Sin embargo, no es de eso de lo que os quiero hablar hoy, porque a parte de la facultad, también me había cambiado la estación de tren. La estación de tren de mi sueño, que esta vez servía para llegar a la facultad, es una estación que no existe, pero con la que sueño muy a menudo.
La estación siempre es la misma, un solo anden, trenes de ida por un lado, trenes de vuelta por el otro. Para llegar al anden, hay que pasar por un paso subterráneo desde el despacho de billetes.
Una vez, llegué a esa estación inexistente en un viaje al extranjero, y como perdí el único tren que me podía llevar al aeropuerto, di una extraña vuelta en tren, haciendo transbordo en otra extraña estación, esta vez, en Barcelona.
Otras veces, voy a esa estación para llegar a la facultad, o para ir a la playa, o para ir a visitar a alguien, da igual el lugar, lo importante es la estación, son su único anden, su paso subterráneo y su posterior caminata por un camino de tierra, hasta donde quiera que vaya.
En fin, ya lo decía Calderón de la Barca: “Los sueños, sueños son”