Hace poco me leí Freakonomics, del economista Steven D. Levitt y el periodista Stephen J. Dubner.
Este libro me lo habían recomendado para entender un poco como funciona la economía y, cuando lo compré, pensé que sería un libro serio sobre economía y eso, pero resultó que no (lo que me hace pensar que tal vez quien me lo recomendó no se lo había leído).
En realidad, Freakonomics trata de la información, de cómo diferentes agentes usan la información para obtener distintos propósitos y generar distintas reacciones. En esencia, el libro viene a decir que hay unos entes llamados expertos que son los que tienen la información (o dicen tenerla) y el resto de mortales que les creemos simplemente porque tienen la etiqueta de expertos.
Nosotros mismos seremos expertos en determinados momentos de nuestras vidas y creyentes en otros.
Por ejemplo, yo no tengo ni idea de coches, absolutamente cero, así que cuando lo llevo al taller, confío en el mecánico y me creo lo que me dice. En este caso, el mecánico goza de una posición de ventaja que podría aprovechar para hacer reparaciones innecesarias, cobrarme de más, etc.
Lo mismo pasa con todo: agentes inmobiliarios, médicos, políticos, abogados, economistas…
Hablando de economistas. A estas alturas, muchos de nosotros conocemos ya a Alessio Ratini. ¿Quién? Sí, hombre, sí. Ese que salió en la BBC diciendo que el mundo se acaba, que vamos a morir todos y que estaba deseando una crisis de estas características para enriquecerse. Aahhh.
Aquí tenemos un claro ejemplo de un señor experto que tiene información (o dice tenerla) y una gran masa de expectadores que, simplemente, no tenemos los conocimientos necesarios para saber si está en lo cierto, si se equivoca, si miente deliberadamente…
Muchos pensamos que es un iluminado más, con una visión de la realidad que tal vez sea acertada o tal vez no lo sea, pero muchos otros le conceden un enorme crédito a una persona que hasta hace 2 días era un perfecto desconocido.
Con esto, lo que quiero decir es que las personas somos realmente muy influenciables. Basta con que un desconocido salga por la tele diciendo cualquier cosa para que automáticamente le creamos. Basta con que lo diga convencido y con corbata.