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El apego

Ya lo decía Yoda:

El apego lleva al miedo, el miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio y el odio… lleva al sufrimiento.

Apego es creer no sólo que poseemos algo, sino que, además, necesitamos poseerlo.

Puede ser un grupo de amigos, la familia, la pareja, un animal de compañía, un coche, un trabajo, una colección de sellos, una ciudad, un proyecto. Puede ser una cosa o pueden ser cientos. Pero, sea lo que sea, sentiremos que hay algo en este mundo que necesitamos para vivir, algo que, si nos faltara, nos sumiría en una profunda tristeza.

El apego forma parte de la naturaleza humana, pero es una poderosa arma que puede jugar contra nosotros porque, efectivamente, cuando crees que posees o formas parte de algo, empiezas a darte cuenta de que no solo puedes perderlo, sino que, invariablemente, llegará un día en que efectivamente desaparezca.

Por ejemplo: imagina que tienes un perro al que adoras, porque lleváis ya mucho tiempo juntos y habéis compartido muchos momentos, porque es un ser que te aporta muchas cosas positivas y, al mismo tiempo, tú se las aportas a él.

Eres feliz con tu perro, con tu gran amigo canino, pero seamos realistas, en el mejor de los casos, el perro envejecerá y morirá en 10, 12, 15 años. Por lo tanto, hay que prepararse para la pérdida desde el mismo momento en el que se produce el apego.

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Derechos Humanos (actualizados)

El artículo 2 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que la mayoría de países ha incorporado en mayor o menor medida a sus legislaciones, dice así:

Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición.

Además, no se hará distinción alguna fundada en la condición política, jurídica o internacional del país o territorio de cuya jurisdicción dependa una persona, tanto si se trata de un país independiente, como de un territorio bajo administración fiduciaria, no autónomo o sometido a cualquier otra limitación de soberanía.

Hoy, en pleno siglo XXI, en la amplia mayoría de los países que, tradicionalmente, se han llamado civilizados, este artículo ha quedado insuficiente.

A la lista de condiciones indicadas explícitamente deben añadirse, al menos, otras dos. Aquí presentamos el primer párrafo del artículo 2 enmendado:

Toda persona tiene todos los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento, sistema operativo, plataforma de dispositivo móvil o cualquier otra condición.

Pidamos a la ONU que se manifieste contraria a la discriminación que sufrimos por haber escogido Windows, Apple o Linux.

Di sí a Comic Sans

Era el año del señor de 1994 cuando Vincent Connare, diseñador de tipografías de Microsoft, lanzó al mundo una de las tipografías que más hemos visto en Internet: Comic Sans.

La tipografía era muy mona, con su aspecto informal y juvenil, y pronto se extendió a mil y un lugares. Tanto es así que, en 1999, Dave and Holly Combs lanzaron el sitio Ban Comic Sans para que diseñadores, aprendices e intrusistas dejaran de aplicar tan bella tipografía donde quiera que echaran mano.

Pese a que no soy diseñador, estoy de acuerdo con ellos en que no conviene abusar de la Comic Sans, del mismo modo que tampoco conviene abusar de ninguna otra cosa, pero de ahí a desterrarla de las creaciones del Señor va un largo paso.

De hecho, la corriente anti-Comic Sans sigue tan fuerte que mucha gente odia esta tipografía sin saber siquiera por qué.

Desde aquí hago un llamamiento a los que aún confiamos en la Comic para que nos neguemos a abandonarla definitivamente y, como gesto simbólico, dejo este post para el recuerdo.

¡Di sí a Comic Sans! O, al menos, no la odies simplemente porque has oído que no mola.